El Camino Hacia Unas Papilas Gustativas

Un día más, otro amanecer citadino y aquí vamos de nuevo, escucho el gallo cantar y mi jefe Fredy, ya se levantó a preparar su agua de panela como de costumbre, observa el sol por la ventana y en el fondo, la urbe en todo su esplendor con un hermoso arco iris lleno de color, respira profundo sintiendo que hoy será un gran día; sus ojos se llenan de esperanza, eso lo deja ver en el brillo que sale de ellos, mientras entrelaza sus manos haciendo plegarias a un ser que según él nunca lo desampara.

Y aquí estoy yo, justo debajo de la ventana a punto de terminar con mi existencia y si Fredy no se fija, me tendrá que ver derretido en la bolsa con mi existencia acabada, cosa que él detesta. Observo fijamente el sol capitalino cubriendo mi pequeño, colorido y dulce cuerpo, enseguida pienso que ciudad tan extraña, hay días que amanece haciendo tanto frío que mi cuerpecito se entiesa, hay otros donde amanece cayendo agua a cántaros desde las nubes impidiendo la salida de Fredy y otros como hoy con el cielo completamente despejado, lleno de luz azulada y rayos de sol tan brillantes que hasta me siento sudar, ya estoy cansado de esta rutina, este día mi recorrido tiene que cambiar, ya quiero cumplir con el deber por el cual fui creado.

Menos mal Fredy se percató del día soleado tan descomunal que arropaba la sabana de Bogotá y con sumo cuidado me ha retirado de la ventana, ya empezaba a sobrecalentarme y eso sería un problema, nadie me querría derretido porque no cumpliría mi objetivo ni el de mis fabricantes que se han esforzado en hacerme de una manera tan única.

A través del mugre que cubre la bolsa de Colombina S.A., alcanzo a visualizar al líder de esta tropa, Fredy pobre hombre llevo solo dos días en su compañía y ya siento lástima por él, lo veo siempre a las siete de la mañana con su tazón de agua de panela y un cigarro entre sus dedos, Mustang rojo es su favorito, no le puede faltar siempre carga un paquete en el bolsillo de su camisa, ¿lo hará por distraerse? o tal vez para apaciguar el desespero de no conseguir dinero ni trabajo, sin importar la razón este aparte de ser perjudicial para él, también lo es para mí, desde el momento que me toma en sus manos el olor a nicotina no me lo aguanto, es el olor más desagradable que he sentido; al decir verdad he aprendido muchas cosas interesantes aquí, tantas que a veces no quisiera irme.

Caminamos juntos, casi me puedo convertir en amigo de Freddy pero sé que nuestra separación es inevitable. Ya hemos llegado a la oficina de mi jefe; la Séptima, desde la Calle 35 hasta la Calle 100 apuesto que nadie tiene una oficina tan grande como la tiene él y mucho menos recibe tantas visitas como las recibe esta grandiosa y hermosa oficina, en ella he podido distinguir todas las clases sociales, todas las culturas, todas las edades todos los personajes que momentáneamente me han sujetado en sus manos, pero yo creo que hoy será mi último día trabajando en este lugar, ya veo que va siendo hora de mi partida, de dejar a Freddy en compañía de sus sueños e ilusiones y cumplir mi cometido, satisfacer las papilas gustativas de un ser humano, ya quiero hacerlo, quiero saber que se siente, pero mientras tanto haré todo lo que esté a mi alcance para que esto suceda, menos mal que mi jefe es un buen orador por eso creo que hoy es mi día de suerte; subimos en el primer bus, sobra decir que es un bus de los grandes, donde las sillas parecen altares de cuento fantasioso, como salidos de una historia de terror donde la gente casi queda perdida cuando se sienta en ellas.

Freddy, sosteniéndome en la Bolsa de Colombina S.A., junto con mis compañeros empieza con el primer carretazo del día, se presenta y explica por qué me vende en los buses, continua con mi presentación algo espectacular de verdad, además con esa sonrisa maravillosa y cautivadora que lo caracteriza convence a cualquiera, por suerte tiene dientes bonitos y cara agraciada, cuando se refiere a mí nunca me habría sentido tan piropeado, él dice algo así:

—”Buenos días señoras y señores, gracias a la falta de trabajo en esta ciudad, no me quedó otra alternativa que subirme en el transporte público a vender este delicioso chocolate relleno de diferentes sabores frutales, chocolate suave y agradable para cualquier paladar y para cualquier hora del día, todo este goce de sabor por la módica suma de 200 la unidad y tres en 500, agradezco todo aquel que desee colaborarme y les recuerdo no arrojar papeles dentro del vehículo”— y empieza Freddy con el desfile saca uno y otro y otro y viene mi turno, aquí tiene que ser; que bien caí en las manos de una niña bonita, por poco me rechaza pero gracias al carisma de mi jefe ella acepta recibirme en sus manos suaves y delicadas, hummmm que rico huele, quisiera quedarme aquí, así ella me mire con cierto desprecio, ¿qué será? ¡carajo! Quisiera tener un espejo para poder verme y saber porque llevo 2 días en esta bolsa que a veces siento me quiere agobiar y aun nadie me quiere llevar, y al parecer seguirá siendo así, ella me regresa y vuelvo a este paquete que no quiero volver a ver un día más, mi jefe se ve algo preocupado y alcanzó a percibir algo de rabia en su mirada, como si maldijera la vida que lleva, pero bueno el vuelve a dibujar la sonrisa en el rostro, casi obligada, pero tiene que hacerlo.

Y aquí vamos de nuevo, otro bus gigante este es más aterrador que el primero, después del carretazo de mi jefe vuelve a empezar con la pasarela, esta vez caí en las manos de un anciano, manos opacas, carrasposas y arrugadas, por lo visto este hombre no ha tenido muy buena vida y su olor no es tan agradable como el anterior, me mira con mucha curiosidad y de cierta manera me enfurezco no me gusta que miren mis intimidades, como mi fecha de vencimiento o el estado de mi paquete, ¡heyyyyy! Si estoy aquí es porque estoy buenísimo, listo para disfrutar, así que quieto con las manos, quisiera que me pudiera escuchar, pero ni modos por más que grite nunca lograré ser escuchado, ¡maldito anciano! tanto que me manoseo para saber que me iba a devolver a la bolsa.

Otro bus este si tiene que ser, ¿ahora en dónde estoy?, manos pequeñas huelen a plastilina, ojos brillantes y sonrisa de antojo observándome y tratando de destaparme, ¡es un niño! Cuando de pronto un grito algo angustiado interrumpe la atracción mutua y la energía que estábamos viviendo y dice una señora con voz ronca pero dócil a la vez:

—”Mateo, no vayas a destapar eso, no ves que no es nuestro”— el pequeño mira con los ojos aguados a la mamá y de su garganta sale un silencioso llanto, mientras le pedía de una manera como solo un niño de 5 años sabe hacerlo que me comprara, que me quería tener, que quería que fuera suyo y al decir verdad yo también quería quedarme con Mateo, ella al ver al niño con la carita mojada y mirándome con tanto pesar de devolverme, introdujo su mano en el bolso negro de charol saco su monedero negro también, y de allí una moneda de 200, ¡al fin! ¡al fin! pensé casi no.

Freddy agradeció a esa cuarentona con una linda sonrisa en sus ojos y sus labios, me miró como queriendo despedirse pero al mismo tiempo ignorándome, concluyendo que sus plegarias fueron escuchadas, igual ya no me importaba, al fin iba a saber para qué fui hecho, para que mis fabricantes invirtieron tanto tiempo en mí, para que tantos procesos de producción y tanto cuidado con mi preparación y empaque, el niño con sus suaves dedos y con mucha delicadeza de no dejarme caer me desnuda, sentí una sensación de cosquillas y estaba tan extasiado era un momento único entre los dos, Mateo me ojeo por última vez y me puso sobre su lengua, nunca olvidaré tal momento maravilloso y con un recuerdo profundo por mi jefe y deseándole mucha suerte con mis compañeros me fui derritiendo en las papilas gustativas que poco a poco se abrían como una margarita en una tarde de verano, me sentía como acostado placenteramente sobre pasto húmedo, inolvidable, casi sentí que tenía alma.

Ana Verano

veranoanaelisa@gmail.com

Colombia

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